Son así. Así de simples o de caraduras; de inconscientes o de demagogos.
El último debate electoral televisado entre los dos principales candidatos a la presidencia del gobierno fue en 1993. Esas elecciones las perdió el PP que ya estaba lamiendo el triunfo. Aznar salió tan noqueado que jamás quiso volver a debatir. En su mediocridad hallaremos su amargura, su resentimiento y su rencor.
En las dos siguientes contiendas electorales, con el PP en el poder, ya no quisieron debate alguno. Rajoy se negó rotundamente a debatir con Zapatero: los hechos puestos sobre el tapete, desde el Prestige, el Yak-42 o Iraq, le llevaban irremediablemente al fracaso. Pensó que los españoles somos tontos y que no nos enteramos. Por eso también perdió el 14-M.
Ahora quiere debates televisados y, como no le dicen que no, empieza a poner peros. “En la pública no porque es pro-gubernamental”. ¿Ven? Tienen memoria para lo que les interesa. Se acuerdan de Urdaci y su tête a tête baboseante con Aznar. Ese Urdaci que fue condenado por manipulación informativa en su tratamiento de una huelga general. Sí, Urdaci, el de Ce-Ce-O-O.
Saben que TVE hoy día es más independiente que nunca. Y les jode.
Pero son tan simples, caraduras, inconscientes y demagogos, y encima piensan que somos tontos, que se permiten este tipo de lindezas:
Esperanza Aguirre (¿sabrá algo ella de la independencia de las televisiones públicas?) justifica las dudas de Mariano Rajoy sobre la pluralidad de Televisión Española. ¡Y manifiesta esas dudas en la propia Televisión Española!
Rajoy no quiere acudir a TVE por simples razones estratégicas. Según parece, la audiencia de la televisión pública, en este tipo de debates, no sólo es más numerosa que la que pudiera atraer cualquier televisión privada (lo cual ya es un punto en contra) sino que, además está más cualificada. Nótese que cualquier acontecimiento de interés general emitido por todas las cadenas (desde el mensaje navideño del rey hasta las doce uvas) la audiencia prefiere TVE. No obstante, todavía hoy una gran mayoría de receptores de televisión se encienden por defecto sintonizando La Primera.
A Rajoy, tan débil es su mensaje, tan estrafalarias sus propuestas y tan nauseabundos sus años de oposición, no le interesan grandes audiencias televisivas sino grandes voceros mediáticos.
Ahora que Zapatero ha dicho que acepta los debates cuando, donde, y como quiera el señor Rajoy, podremos ver la retahíla de condicionantes que pondrá el ponderado líder de la oposición para debatir cuerpo a cuerpo, sin palmeros jaleándole ni miserables dirigiendo su discurso desde oscuras fundaciones que tienen como principal función promocionar los libros que escupe su presidente.
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